Cómo las terapias psicológicas te ayudan a controlar el dolor crónico.

Dolor crónico

El dolor crónico es una de las condiciones más insufribles que puede experimentar el ser humano. Esta circunstancia nos limita e impide realizar cualquier actividad. La psicología moderna está desarrollando técnicas y terapias para poder controlarlo. Te hablamos de ellas.

El dolor es un síntoma de enfermedad, pero al mismo tiempo, es un mecanismo de protección del cuerpo. Nos advierte de que algo anda mal en el organismo y que tenemos que guardar reposo para recuperarnos.

Cuando el dolor persiste durante más de 3 meses seguidos se convierte en una preocupación grave. Ese dolor se ha vuelto crónico. Ha perdido su carácter coyuntural. Para algunos psicólogos que abordan el tema, el dolor crónico adquiere la dimensión de enfermedad por sí mismo.

Se calcula que un 11% de la población española padece dolor crónico. Es más frecuente en mujeres que en hombres y su presencia se hace más habitual a medida que pasamos el umbral de los 50 años.

Tengo un amigo de 53, Joan, al que recientemente le han diagnosticado fibromialgia. Lleva padeciendo cólicos en el riñón desde los 20 años, sin que ningún médico le haya podido aclarar cuál es la causa principal. Sus problemas con el dolor se han agravado en los últimos años. Hasta el punto de impedirle trabajar. Hoy está en proceso de revisión para que le concedan una invalidez permanente.

Una de las medidas que le propusieron los médicos para combatir el dolor, además de la prolija medicación que recibe, fue la de asistir a una terapia psicológica para controlarlo. Según me comentó en una ocasión, en la terapia le enseñaron a detectar los factores que acrecientan el dolor y a intentar evitarlos; al tiempo que le proporcionaron herramientas psicológicas para controlarlo y que le afectara lo menos posible.

Cuando el dolor se vuelve incapacitante.

No hace falta dar mucha conciencia sobre este tema. Todos en algún momento de nuestra vida lo hemos vivido. Cuando padecemos un dolor más o menos intenso, no podemos concentrarnos en lo que estamos haciendo. El dolor es tan absorbente, tan acaparador, que nos limita para efectuar cualquier esfuerzo físico o mental. Toda nuestra atención se dirige a encontrar una postura, por lo general tumbado, que consiga que ese dolor disminuya.

El dolor permanente nos causa irritabilidad, mal humor, insomnio. Gastamos una gran cantidad de energía mental intentando rebelarnos contra el dolor. Aún así, como el dolor no desaparece, cuando llega la noche, somos incapaces de conciliar el sueño. Este desgaste acumulativo nos va provocando un mayor cansancio. A medida que pasan las horas, nos sentimos más débiles, más agotados. Esta es una situación natural en cualquier proceso lacerante. Imaginemos cómo nos sentiríamos si ese dolor persiste durante años. Casi todos los días de la semana, durante buena parte del día.

En muchas lesiones o enfermedades nos anteponemos al dolor. Lo hacemos principalmente cuando estamos trabajando o cuando tenemos que atender a alguna responsabilidad ineludible. La mente, movida por nuestro tesón, logra conseguir que el dolor no nos anule. Cuando terminamos la actividad que estamos realizando, todo el dolor se descarga sobre nuestro cuerpo de golpe.

Le sucedió a mi amigo Joan durante años. De lunes a viernes, aunque su riñón no funcionaba bien, lograba dar el callo en el trabajo. Cuando llegaba a casa el viernes por la noche, ya no podía moverse de la cama hasta el lunes siguiente.

Sin embargo, aunque esto se vuelva más o menos habitual, llega un momento en que la mente no puede detener el dolor, no lo puede ignorar. El dolor, entonces, toma las riendas de nuestra vida.

Enfermedades que producen dolor crónico.

Nos cuenta la revista de divulgación médica Top Doctors que el dolor crónico puede tener diferentes causas. Desde lesiones musculares hasta enfermedades prolongadas o crónicas. Es un tema complejo y muchas veces la aparición y desarrollo del dolor se debe a una combinación de factores. Aún así, esta revista menciona estas enfermedades como las causas más habituales de dolor crónico:

  • Enfermedades crónicas. Enfermedades como la artritis, la fibromialgia y la esclerosis múltiple causan dolor crónico. Son enfermedades degenerativas, que no tienen cura y que provocan una situación de dolor más o menos permanente en el enfermo.
  • Problemas neurológicos. Las lesiones en el sistema nervioso provocan dolor, que muchas veces se puede volver crónico. Las malas conexiones entre las neuronas, dentro de los nervios o en órganos centrales como el cerebro o la médula espinal, causan inflamación y rigidez muscular.
  • Problemas musculoesqueléticos. Afecciones como la ciática, la lumbalgia, el síndrome de dolor miosfacial, pinzamientos en las vértebras de la columna vertebral o hasta la fascitis plantar provocan dolores prolongados.
  • Una mala recuperación de lesiones previas. Una fractura ósea, en la que los huesos rotos no se han soldado adecuadamente o una mala recuperación de una cirugía mayor puede llegar a provocar dolor crónico en algunos casos.
  • Enfermedades mentales. El estrés, la ansiedad y la depresión agravan el dolor crónico y muchas veces pueden llegar a causarlo. Estas enfermedades tienen su base material en el sistema nervioso central y como hemos visto antes, existe una relación directa entre el sistema nervioso y el dolor.

La relación entre el dolor y la ansiedad.

La Revista Colombiana de Psiquiatría, en un artículo del que se hace eco el portal Elsevier, afirma que el dolor establece una relación recíproca con la ansiedad, en la que ambas se retroalimentan.

Cuando sufrimos un dolor intenso y prolongado, que no conseguimos que se vaya de ninguna manera, esto genera una sensación de ansiedad en nosotros. Nos ponemos nerviosos y exaltados, haciendo que nuestros músculos se vuelvan más rígidos y aumente el dolor. El dolor nos provoca ansiedad y la ansiedad hace que el dolor aumente.

Por otro lado, según esta revista médica, un trastorno de ansiedad, provocado por causas distintas a una lesión corporal, nos puede provocar dolor físico. Las crisis de ansiedad sobreexcitan el sistema nervioso, agarrotan los músculos y aceleran el ritmo de algunos órganos internos.

No se trata de un dolor psicosomático. Sino que el ataque de ansiedad provoca un efecto inflamatorio en las partes del cuerpo que se encuentran más débiles. Muchos casos clínicos, en todo el mundo, ponen en evidencia que las crisis de ansiedad pueden tener manifestaciones fisio-patológicas similares al dolor.

Así pues, la inflamación tras una crisis ansiosa es un efecto directo de la ansiedad y no de otra enfermedad o debilidad que pudiera padecer el paciente. Como es lógico, esa inflamación nos provoca dolor.

Cada vez hay más médicos, de diferentes especialidades, no solo psiquiatras, que coinciden en señalar los trastornos de ansiedad como una causa del dolor crónico. Y de forma indirecta, en un catalizador para el desarrollo de otras dolencias y enfermedades que persisten en el tiempo.

En este sentido, existe una comorbilidad clínica. Es decir, la coexistencia de varias enfermedades o dolencias que se dan en el enfermo de manera simultánea o secuencial. En este caso, ansiedad – dolor – enfermedad física. A esta terna, los psiquiatras colombianos añaden la depresión. Ya que los trastornos depresivos desencadenan episodios de ansiedad.

Todo esto nos lleva a abordar el dolor crónico con un planteamiento multidisciplinar.

Las terapias psicológicas de control del dolor.     

Los psicólogos del Centro de Psicología Canvis, un gabinete de psicología de Barcelona que tienen un departamento dedicado al tratamiento del dolor crónico y, en este sentido, programan terapias para controlarlo, resaltan en su página web que actualmente está reconocida la intervención de factores psicológicos y sociales en el inicio y propagación de los cuadros de dolor crónico. Por tanto, es primordial identificar cuáles son esos factores y abordarlos lo antes posible para evitar el desarrollo de círculos viciosos que van aumentando el dolor.

Es importante partir de que el dolor crónico es resistente. No existen fórmulas mágicas para erradicarlo. Es más, en algunas enfermedades crónicas como la fibromialgia, persistirá durante la vida restante del enfermo.

Sin embargo, podemos aplicar técnicas y adoptar comportamientos para que ese dolor no nos afecte tanto. Y mejorar, de esta manera, la calidad de vida del enfermo.

Para abordar el dolor crónico se suele recurrir a terapias cognitivas-conductuales, donde se suelen trabajar diferentes técnicas. En el aspecto cognitivo, el enfermo debe aprender a identificar aquellos pensamientos negativos, limitantes y catastrofistas que desarrolla en torno al dolor y que le provocan una tensión mental que hace que el dolor aumente. Una vez identificadas esas ideas, debe desterrarlas de su mente.

No es un trabajo sencillo. Estas ideas suelen estar arraigadas en su pensamiento. Cimentadas en la impotencia de eliminar un dolor que le aborda en el momento más inesperado y lo hace con frecuencia. Por eso es importante adquirir herramientas que disipen las ideas negativas, cuando estas cogen fuerza.

Otro aspecto que se trabaja en estas terapias es el de la aceptación el dolor. El dolor está ahí, pero no debe anular a la persona. El paciente debe enfocarse en aquellas actividades que le causan bienestar y proponerse metas personales, dentro de las limitaciones lógicas que le produce la enfermedad.

Los médicos recomiendan técnicas de relajación.    

Para sobrellevar el dolor, muchos médicos recomiendan la práctica de técnicas de relajación. Son un complemento al tratamiento médico con el que se está abordando la enfermedad. El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos (N.I.H.) nos habla de técnicas de consciencia plena, similares al Mindfulness, para desviar la atención cuando los episodios de dolor emergen.

Unas de estas técnicas son los ejercicios de respiración profunda o la atención a imágenes guiadas. Cuando el enfermo fija su atención en un elemento como el ritmo de la respiración o en punto externo, presta menos interés al dolor que está padeciendo y consigue que le afecte menos. Llegando, incluso, si domina la técnica, a superarlo.

La meditación tiene un efecto inmediato sobre la salud. Con ella se alcanza un estado de relajación mental y muscular que logra paliar el dolor. Al relajar nuestros músculos, el dolor físico disminuye. Estos ejercicios de meditación suelen ir acompañados de una respiración profunda y rítmica, que consigue que el corazón bombee sangre oxigenada a todas las células del cuerpo y estas dispongan de elementos suficientes para auto-repararse.

En el aspecto mental, al intentar poner la mente en blanco o agudizar la atención en un elemento externo, conseguimos anular esas ideas rumiantes que alimentan el dolor.

Cuando el dolor aparece, pensamos en él. En lo mal que lo estamos pasando y en lo impotentes que nos sentimos por no poder eliminarlo. De esta manera le estamos dando gasolina. El dolor se hace más fuerte y termina por dominarnos.

Hemos empezado este apartado señalando que las técnicas de relajación son un complemento, no una solución, y es importante remarcar la idea. La meditación, el mindfulness o, incluso, el yoga, nos pueden ayudar a sobrellevar el dolor crónico, pero no lo van a curar. La cura del problema descansa en tratar la enfermedad que lo ha causado.

Convivir con el dolor.

Cuando el dolor crónico llega a nuestra vida no nos queda otra que aprender a convivir con él.

En una ocasión acompañé a un familiar que tiene una enfermedad crónica a su visita con el médico. Mi familiar se encontraba desmoralizado al ver que su problema no terminaba de resolverse. No veía el día de encontrarse como estaba antes de caer enfermo.

El médico nos dijo que él también tenía una enfermedad crónica, y no por eso no se había sacado la carrera de medicina y trabajaba de lo que le gustaba. Nos preguntó si éramos capaces de descubrir su enfermedad, mientras acariciaba con los dedos las patillas de sus gafas.

Como él mismo nos confirmó, el médico tenía miopía y astigmatismo. Era consciente de que, a no ser que se operara, cosa que en principio no pensaba hacer, llevaría gafas toda la vida. Ya las llevaba desde pequeño, y eso nunca le ha frenado. Al final, todo es hacerse a la idea.

Desde luego, no es lo mismo llevar gafas que tener una enfermedad crónica de cierta gravedad. Pero en el fondo es una condición que está ahí y a la que te tienes que adaptar. Intentando que te afecte lo menos posible.

Resumen de privacidad

Este sitio web utiliza cookies para que podamos brindarle la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en su navegador y realiza funciones tales como reconocerlo cuando regresa a nuestro sitio web y ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones del sitio web encuentra más interesantes y útiles.